sábado, 29 de agosto de 2015

El eterno andar.

La espera es tardía para abordar el autobús. Es medianoche. Contemplas tu andar mostrenco y resulta ser tan símil al de un gato. Vas de andén en andén y ninguno te satisface. Hace frío y es  una pena, porque no hay más monedas para café ni cigarrillos. Lo has gastado en libros, idiota. Apaciguas tu inquietud contando colillas del suelo. Tu cabeza es un desastre; olvida ya esa cintura, aquél profesor frustrado llamándote inútil incluso, los colegas que no han llamado en dos años. Olvídalo y espera las próximas vicisitudes o mejor dicho, estaciones.  Escucha:
-¡Atención! Pasajeros con destino a Morelia, favor de abordar.- 
¿Qué esperas? Ya no quieres regresar a casa ¿cierto? Sólo será un día: escucharás problemas que no te incumben, tu madre reclamará porque no has visitado a la abuela en todo el año y probablemente, recuerdes otras cinturas al caminar por el centro. No importa, valdrá la pena ir y sentarte frente a Juan Alzate en tu curso de jazz. Ahora sube y sonríe mientras eliges una canción para el viaje (es lo que te encanta sin importar el destino).
Blue in Green ha sonado por tres horas. La ciudad te recibe con sus últimas luces y presumes a Miles Davis la agonía de la misma. Los letreros de moteles son las únicas estrellas  parpadeando esa noche: El Greco, Autoparador  y  El Quijote. Éste último te resulta bastante irónico, pues no fue en páginas dónde te enamoraste de tus Dulcineas, sino en aquellas habitaciones: de sábanas tiesas, regaderas con agua fría, espejos rotos y un sinfín de calamidades que al amor salado no le importó, el diálogo sin interrupciones se perpetuó en aquél lugar de la Mancha, o de manchas.
Has pasado la avenida Morelos Norte, con los ojos detrás del vidrio y la memoria delante de ellos. Ahora no son moteles lo que observas, sino clubes nocturnos de bailarinas incoherentes con el cartel de fuera. Que importa. Tienes ganas de bajar y adentrarte en cualquier prostíbulo, llamar a la primera mujer que se te cruce, colocarle el audífono en el minuto 3:40 y esperar a cambio, una cachetada por hacerla llorar a trompetazos. Sigues, dejando atrás otro edén.
Llegaste. Aquí viene el ritual: el autobús enciende sus luces y apaga el motor, buscas el boleto seriado para que el maletero entregue tu escueto equipaje, los taxistas obstruyen tu paso y junto contigo, otros peregrinos se alejan se alejan de los andenes desiertos en busca de su oasis. Sin embargo, mañana se repetirá  la ceremonia y con ella, una nueva forma de mirar las cosas para crear un relato distinto

Hombre de Carbón.

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